Vida, pasión y muerte de Oscar Romero (a los 30 años)

Fue asesinado pasado mañana hace treinta años (24. 03. 80), después de tres de pasión con su pueblo y como su pueblo de El Salvador. Con esta ocasión, Ediciones Sígueme acaba de publicar su mejor semblanza en castllano: Roberto Morozzo , Monseñor Romero. Vida, pasión y muerte en El Salvador,Salamanca 2010

Su “vida pública”, como arzobispo de San Salvador duró tres años, como la de Jesús y no dejó a nadie indiferente. Unos lo consideraban un profeta, un mártir, un luchador por la paz y el diálogo, un hombre de Iglesia; otros, por el contrario, veían en él a un revolucionario, un agitador de masas, un político frustrado que promovía la crispación, un personaje en busca de notoriedad social. Por eso le mataron los políticos e ideólogos (¡incluso religiosos!) de su capital, con la colaboraión de la Nueva Roma Imperial (USA), como habían matadoa en otro tiempo a Jesús, unos poderes semejantes.

El rostro amable de Romero, esculpido en piedra entre D. Bonhoeffer y M.Luther King en el frontispicio de la catedral de Westmister, junto a los «nuevos mártires» del siglo XX, invita a mantener la esperanza contra toda desesperanza.

Esta figura emblemática de la Iglesia Latinoamericana sigue estando especialmente presente en la memoria y el cariño de los más humildes de El Salvador. El recuerdo de su asesinato trae a la mente una forma equivocada de solucionar los conflictos políticos y sociales, pero también atestigua la permanente tentación de recurrir a la violencia para resolver los problemas molestos.

El recuerdo de su asesinato, unido en esta Cuaresma al recuerdo de la muerte de Jesús proclama la certeza y la fuerza de la esperanza que vence cualquier desesperación e impotencia; desde la vida entregada del Señor Jesús pueden mantener su dignidad los hombres y mujeres que sufren las injusticias de los poderosos o la instrumentalización de quienes siguen dominando los resortes religiosos de la vida de los pueblos.

Una memoria personal de Xavier Pikaza

“Fui a verle hace tres años a su tumba, en la cripta de la catedral. Allí está tumbado, como en los sepulcros medievales. Una mujer de pueblo, trabajadora muy pobre, me dijo: No, eso no es Monseñor Romero. Le han hecho muy mal. Él no está muerto ahí, sino que está vivo, de pie, nos está recibiendo ¿No le ve Usted? Yo le llevo aquí, en mi camisea, Usted puede verlo. Está vivo en mi vida.”

Creo que no volveré a su tumba. Él está vivo en el pueblo de El Salvador, está vivo en todos los que, de un modo o de otro, seamos cristianos o no, recordamos su memoria. Yo la quiero recordar, uniéndole al Cristo resucitado, su amigo y modelo. Gracias, Óscar Romero por haber vivido. Para recordar su trayectoria retomo y rehago el libro de Morozzo, que acago de citar, y unas palabras de D. G. Groody, Globalization, Spirituality and Justice, Orbis New York 2007).

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